El desafío de lo desconocido es…
29 de junio, 2010
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Sección: Reflexiones

El desafío de lo desconocido es, en realidad, un llamado a nuevas oportunidades. Indicábamos esto a la luz de nuestro texto lema para este año, que dice: “… pónganse en marcha detrás de [él]. Así sabrán por dónde ir, pues nunca antes han pasado por ese camino” (Jos. 3.3b-4a).
Junto con la necesidad de aprovechar al máximo las oportunidades que el Señor nos presente en nuestro futuro desconocido, es importante también tomar en cuenta lo que leemos en Josué 3.5: “Josué le ordenó al pueblo: ‘Purifíquense, porque mañana el Señor va a realizar grandes prodigios entre ustedes’.” Estas palabras fueron nuestro texto lema como institución en 2007, y entonces nos resultaron de gran bendición.
Estas palabras inspiradas nos recuerdan que, frente al desafío de marchar en pos del Señor por el camino a lo desconocido, debemos tener presente que para hacerlo triunfalmente es necesaria la consagración de la vida al Señor. La consigna es “purifíquense.” Esta purificación o santificación significa apartar para el servicio de Dios nuestras vidas. Como señala el apóstol Pablo en 2 Timoteo 2.21: “Si alguien se mantiene limpio, llegará a ser un vaso noble, santificado, útil para el Señor y preparado para toda obra buena.”
Alguien ha dicho que el mundo está esperando ver lo que Dios puede hacer a través de una persona enteramente dedicada a él. Esto es también cierto respecto de una comunidad de estudio y formación ministerial como la nuestra. Epicteto señalaba: “Haz uso de mí en el futuro como tú quieras. Estoy de acuerdo contigo; soy uno contigo. No rechazo nada que a ti te resulte bueno. Condúceme más profundamente a dónde tú quieras. Vísteme con el ropaje que tú quieras.”
En definitiva, a la hora de evaluar cualquier emprendimiento humano, son los valores que están en juego los que definen su efectividad. Podemos alcanzar los niveles académicos más altos y conseguir el reconocimiento público más preciado, pero si fracasamos en ser y actuar como una comunidad verdaderamente cristiana, habremos echado todo a perder. Nuestro compromiso personal y comunitario con el reino de Dios es lo que le da identidad y sentido a nuestros esfuerzos por cumplir con la misión que el Señor nos ha asignado. En la Biblia, generalmente somos llamados a “ser” más que a “hacer”. Dios no nos llama a hacer santidad sino a “ser santos”, no espera que hagamos justicia sino que “seamos justos”, no quiere que hagamos la paz sino que “seamos pacificadores”. Ser el tipo de personas y comunidad que nuestro Señor desea que seamos sólo puede lograrse con una dedicación y consagración plena al señorío de Cristo en nosotros. Para ello, será necesario que cambiemos cada día y crezcamos hasta la estatura de aquel que nos llamó. ¡Marchemos hacia el cambio!

Dr. Pablo A. Deiros SITB Seminario Teológico Internacional Bautista






