Romper la rutina, toca la viola

29 de Junio, 2009  
Sección: Notas

Hace un tiempo atrás comencé con mis clases de viola, no solían llamarme mucho la atención los instrumentos con los que hay que percutir directamente a la cuerda, ni mucho menos esos que se tocan en orquestas y las partituras me parecen egipcio antiguo. Siempre admiré a quienes interpretaban a los grandes músicos en esas “liturgias” de teatro y auditorios varios, a los cuales dirigía mi vista con mirada dramática y concentraba mi oído samurai. Comenzaré dentro de poco unas maniobras con el arco.


La viola es un instrumento parecido al violín, algo más grande y de una sonoridad más grave, suave y de “un dulzor opaco”. Desde los orígenes de la orquesta moderna (siglo XIX) ha arrastrado un prejuicio en cuanto a su reputación, pues solía ser tocado por violinistas en decadencia. “No obstante ha ido ganado terreno hasta convertirse en el poeta de su grupo, asentado en la realidad de su magnífico cuerpo sonoro, el equilibrio entre el retumbante chelo y el, a veces, chillón violín. La viola empasta y da lección de sentido común.”

Como que encaja justo conmigo, en la actualidad no suelo ser tan chillón ni agudo como un violín, ni tan grave como el chelo, y estoy siempre en esa conciliación que permita la armonía de las cosas, al menos cuando pienso en mi vida y en sus vericuetos aparentemente irreconciliables. Es que cuando estamos sometidos a ese “cáncer” de la rutina, entonces la indiferente manera de vivir y la pérdida de los gustillos del pasar por esta tierra se nos transforman en el debate de lo que debemos hacer para mantenernos, y la calidad de cómo nos mantenemos para hacer lo que debemos o lo que queremos.

Suelo oír aún, que la vida es como un ciclo, nacemos, comemos, hacemos, morimos, y después, en el caso del cristiano, tenemos una “eternidad cíclica adorando”, repitiendo aleluya, alzando manos, etc. Escucho incluso, como si fuera “una ley divina” que nuestra vida debe pasar por desiertos para luego ir a los valles y de ahí a las cumbres, para luego bajar nuevamente a los desiertos, ir a los valles y volver a las alturas, con esto entonces me pregunto si habré sido enseñado correctamente, pues entonces miro mis quehaceres diarios y veo lo mismo, levantarme para ir hacia las alturas, en este caso una altura con forma de trabajo, universidad, deberes domésticos, etc. para luego bajar al “desierto” o “valle” de mi cama… y no en vano aparecen los argumentos de que la vida así es demasiado aburrida; un atleta jamás corre en círculos si no hay una meta, un stop, un break, un superar un record, etc. y un sediento en estado salvaje jamás se queda quieto hasta encontrar el agua.

Hace mucho que me transformado un inconformista de todo, es que una ensalada por más queso o tomate que ponga no sabrá más deliciosa si no le pongo antes azafrán, y recórcholis que es cara la especie esa, pero juntando el dinero lograré experimentar dicho placer. Es que una oración jamás será más intensa sin lágrimas que se derramen ante la Eternidad y la Vida y sin una risa casi “enloquecida” por un chiste que te contó Dios en un día “cíclico” con pasos monótonos y respirar autómata.

Nadie quiere enfermarse de “este cáncer” que nos envejece antes de tiempo, entonces la determinación de subir por la Escalera de Jacob es de urgencia y de tratamiento inmediato. En lo cotidiano con mi nueva Viola y en lo trascendental con la creativa intensidad de mi Amor por Dios.

Por Roberto Eduardo
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