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El juicio esperado

17 de octubre, 2011                                
Sección: El Mero Fondo

El juicio de Dios tiene un cumplimiento presente y otro futuro. Los que dan lugar al pecado, a todo aquello que es contra la voluntad de Dios, tarde o temprano sufren las consecuencias del mal que practican.

En oportunidades parece que nunca van a sufrir las consecuencias de su maldad. Pero la historia nos ofrece suficiente evidencia como para aseverar que el juicio de Dios finalmente llega sobre los que practican la maldad.

La corrupción política, y las practicas perversas, provocaron la caída del Imperio Griego y del Imperio Romano. Del mismo modo, los abusos del nazismo trajeron como consecuencia la caída de Hitler y sus seguidores.

Los profetas tenían la visión del juicio universal de Dios.
Dios no es sólo Señor de Israel sino de todas las naciones.
Así como el juicio de Dios alcanzará a su pueblo, también se manifestará sobre el resto del mundo.

La porción bíblica en la que vamos a detenernos alude al juicio esperado sobre Babilonia.

Isaías recibió esta revelación de parte de Dios. Trayendo esperanza sobre el remanente fiel del pueblo de Dios.

El juicio esperado, en primer lugar…
Pone fin a la arrogancia
Dice en Isaías 13.9 y 11:
“He aquí el día del Señor viene:
día terrible, de indignación y ardor de ira,
para convertir la tierra en soledad
y raer de ella a sus pecadores.

Castigaré al mundo por su maldad
y a los impíos por su iniquidad;
haré que cese la arrogancia de los soberbios
y humillaré la altivez de los tiranos.”

El día del Señor alude a la ocasión en que se manifestará el juicio de Dios sobre las naciones, declarando en forma dramática su soberanía sobre todas las cosas. La ira de Dios alcanzó, alcanza y alcanzará a los pecadores de toda la tierra. Dios raerá, quitará de la superficie, extirpará la maldad, por cuanto es un Dios santo que no tolera el pecado.

Los arrogantes abusan de su poder, son altaneros, y han perdido de vista la voluntad de Dios. Viven en forma omnipotente, como si nunca el mal que practican les fuese a alcanzar.

Su altivez, su prosperidad inmediata, trae dolor sobre los que viven rectamente. Sin embargo, a Dios no le pasa desapercibida la injusticia, y habrá de humillarlos a su debido tiempo.

La expresión el día del Señor trae esperanza al pueblo de Dios, porque así como habrá de quebrantar a los malvados, habrá de exaltar a los que permanecen fieles a sus demandas.

La consumación del día del Señor será cuando Jesucristo venga en gloria, como Juez soberano, a expresar el juicio final sobre todas las cosas. Donde unos gozarán de vida eterna y otros padecerán por su maldad condenación eterna.
La historia se encarga de recordarnos como han terminado su vida los tiranos y malhechores de este mundo. Dios anticipa su juicio y advierte a los que persisten en oprimir a su pueblo.

¡Permanezca fiel al Señor! No se deje engañar por la aparente prosperidad o progreso de aquellos que no toman en cuenta las demandas de Dios.

¡Pida a Dios sabiduría para ser una persona íntegra y vivir de acuerdo a sus demandas!

¡Y confíe…! El juicio de Dios habrá de alcanzar a los soberbios. Está en las manos de Dios el cómo y el cuándo sufrirán las consecuencias de sus pecados.

El juicio esperado, en segundo lugar…
Pone fin a la codicia
Dice en Isaías 14.3-4:
“En el día en que Dios te dé reposo de tu trabajo, de tus temores y de la dura servidumbre en que te hicieron servir, pronunciarás este proverbio contra el rey de Babilonia y dirás:
‘¡Cómo acabó el opresor!
¡Cómo ha acabado la ciudad codiciosa de oro!’”

Dios condena a los opresores, a los que abusan de aquellos que necesitan trabajar para vivir y sostener a sus familias.

El pueblo de Dios tuvo que servir bajo el yugo de la esclavitud por cientos de años. Las naciones conquistadoras tomaban como esclavos a los pueblos que conquistaban, sometiéndolos a situaciones injustas de trabajo forzado y mal reconocido.
El pecado, generalmente, llevó al pueblo judío a perder sus batallas y a sufrir la esclavitud. Si bien no todos eran pecadores, por pertenecer a esta nación, los justos también tuvieron que sufrir la opresión de las naciones conquistadoras.

Sin embargo, Dios nunca perdió de vista a su remanente fiel, al cual alcanzaría sus promesas de restauración y liberación. Dios les daría “…reposo de tu trabajo, de tus temores y de la dura servidumbre en que [les] hicieron servir…”

La historia nos muestra “…cómo acabó el opresor!
¡Cómo ha acabado la ciudad codiciosa de oro!”

El imperio babilonio cayó estruendosamente en manos de Ciro, el rey de los persas y de los medos.

La codicia fue la ruina de esta nación, especialmente la codicia de sus gobernantes. No tenían límites, su crueldad y abuso no pasaron inadvertidos a Dios.

La codicia no es buena consejera. Hoy continúa haciendo estragos en el campo de lo político y lo empresarial. El abuso está a la orden del día.

Sin embargo, la codicia no es sólo un mal de los que más tienen. El consumismo ha llevado a los de bajos recursos a asumir conductas codiciosas.
La codicia es la que alimenta la práctica de los juegos de azar, la codicia da de comer a los casinos, los bingos, la quiniela, los hipódromos y a las apuestas ilegales.

La codicia promueve el deseo de lo ajeno, dando lugar al robo, al adulterio y a las agachadas entre compañeros de trabajo o de estudios.
La codicia busca la ruina del otro para sacar provecho. Pero la codicia, en definitiva teje sus propias redes, en la cual cae bajo otro codicioso mayor. O lo que es más terrible, bajo el justo y soberano juicio de Dios.

Eleve sus ojos a Dios. ¡Tenga su esperanza en Él! Quienes pretenden oprimirle caerán en sus propios lazos.

No de lugar a la codicia en su vida. ¡Deseche toda propuesta que no honre a Dios! Y confíe en el obrar poderoso de Dios.

El juicio esperado, en tercer lugar…
Pone fin a la impiedad
Los impíos, los que no dan lugar a la piedad, sufrirán las consecuencias de su pecado.

Dios habría de tener piedad sobre su pueblo. Así como lo sacó de la esclavitud en que estaban sometidos en Egipto, también habría de liberarlos de la esclavitud que estaban viviendo bajo la opresión de Babilonia.

Dice en Isaías 14.1:
“Porque Dios tendrá piedad de Jacob, de nuevo escogerá a Israel y lo hará reposar en su tierra. A ellos se unirán extranjeros, que se agregarán a la familia de Jacob.”

La promesa hecha a Abraham, Isaac y Jacob permanecía en pie. Dios siempre estuvo dispuesto a cumplir su parte del pacto. Fue el pueblo que falló en el cumplimiento de su parte en el pacto establecido por Dios.

Dios permanece fiel. Por causa de su misericordia continuó dando una oportunidad a los que estaban dispuestos a humillarse ante su presencia, pedir perdón e interceder por su pueblo.
Dios toma en cuenta las oraciones de un corazón arrepentido, dispuesto a hacer su voluntad.

La promesa de Dios habría de extenderse a los extranjeros, que se agregarían a la familia de Dios.

Está promesa nos alcanzó a nosotros hoy.
El pueblo judío fue el escogido entre las naciones para ser el portador de la salvación divina. El Mesías prometido tuvo su origen entre ellos.

Dios escogió este pueblo, no por ser el más numeroso, ni el más meritorio. Lo escogió para demostrar su gloria, su poder supremo. Sacándolos del anonimato, y guardándolo hasta nuestros días.

La salvación que proviene de Dios nos ha alcanzado en Jesucristo, el Mesías prometido, Dios hecho hombre.

¡Honre a Dios practicando la piedad! ¡Que sus actos agraden a Dios! ¡Que su vida comunique el temor de Dios!

De a conocer la misericordia de Dios. Y advierta sobre su sentido de justicia. Dios no tendrá por justo al pecador.

La salvación, la redención, la liberación de la esclavitud del pecado, alcanza a aquellos que dan a Cristo la soberanía sobre sus vidas, a aquellos que lo declaran Señor y Salvador.

En síntesis…
El juicio esperado pone fin a la arrogancia, a la codicia y a la impiedad. Dando lugar a la soberanía de Dios sobre todas las cosas, el cual condenará a los injustos y restaurará a los que viven de acuerdo a sus demandas.

Oremos…

Mensaje escrito y predicado por:
Ptor. Juan César D’Ambrosio
Ptra. C. Graciela Médico de D’Ambrosio